martes 6 de diciembre de 2016

Una jornada Xeneize

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El trofeo en conmemoración del recuerdo eterno al inmortal Antonio Puerta trajo a Boca Juniors a Europa, en Sevilla. Para los curiosos fue una forma de acercarnos a vivir lo más parecido un partido de fútbol en Argentina. Para los Bosteros exiliados en el Viejo Continente fue un reencuentro de puro amor romántico. Para algunos una primera vez. El acto amoroso fue prolongado, durante todo un día. Quién sabe cuánto podría volver a pasar.

Hubo hinchada desplazada desde todas las partes del mundo. Y eso último no es una exageración. Los hubo que llegaron de la propia Argentina con el equipo, capos de la Doce como Rafael Di Zeo incluidos, y los que respondieron a la llamada desde las más remotas lugares, la mayoría. Sólo por sentimiento se viaja solo desde Londres o Edimburgo. Con una camiseta de Boca como maleta, azul y oro invaluable. Soldaditos en una masa que tiene sentido por ella como colectivo, no por integrantes individuales.

La fiesta arrancó desde la mañana y explotó a las cinco de la tarde frente al hotel donde descansaban los futbolistas hasta que su propia afición dijo ‘basta’. Cientos de personas se congregaron desde entonces, rozando el millar ya en el Pizjuán. Surgían de las calles como niños salvajes en el bosque, dejando por un día su deber cotidiano para refundirse con la infancia en su mundo adulto y de apariencias. Abrazaban con alegría la licencia para cantar y saltar, empujarse, festejar y gritar.

En el carnaval sólo faltaron las trompetas. Llevaron los tambores, los platillos, los silbatos y el humo, las palmas de las manos y las gargantas entre fernet y litronas de Cruzcampo. Un jolgorio desatado, una fiesta sin reloj, una sucesiva toma de relevos sin silencio en la canción. Apenas nadie se acordó de River Plate. Diego, xeneize desde Edimburgo, me cogió la mano y se la puso en el corazón: “Mirá lo que es esto, ¿qué puedo hacer?”. Lo decía como preso, como condenado a una pasión ilógica hasta para él mismo.

Los había solitarios en primera instancia y familias, padres y madres y niños. De todas las edades. Uno jugaba a imaginar qué sería de aquellos entregados hinchas en su trabajo, de traje y quizás al frente de una empresa. Su felicidad era la de abandonarse, la de perder una identidad demasiado pesada para ganar una más liviana y compartida, la de la Doce.

Un periodista siempre tiene la intención de hacer periodismo pero habría sido una discordancia con el ambiente. Habría significado señalarme y marginarme, otorgarme un rol incómodo y perder la condición de otro cualquiera en la masa. Para qué preguntar nombres, para qué preguntar orígenes. Para qué preguntar el por qué de su esfuerzo por sentir a Boca si todo estaba ahí en el aire, flotando y mezclándose de una garganta a otra, de un rugir a otro, de un corazón a cientos.

Se debe vivir para entenderlo. Tiene lógica que lo que ocurra en el partido carezca de importancia. Es una excusa, algo que está y fundamenta un alboroto inconsciente. El vértigo del gol, toda una grada cayendo al campo y doblegando la gravedad como en la película Origen para festejar con el mero intermediario y firma de la gloria instantánea e inabarcable de Boca. Es imposible concentrarse en los futbolistas, más pendiente del ambiente y, para qué engañarse, de inmortalizarlo más allá de la memoria y el mito.

No existen los asientos numerados en la grada. La masa se transforma y cambian los vecinos de tribuna, que siempre buscan un compañero de celebración aunque les sea desconocido. Comparten pasión y es suficiente. La excusa del abrazo viste azul y oro y responde a las siglas de CABJ. Lo llevan tatuado en la piel junto al nombre de sus hijas, sus mujeres, sus novias, sus padres o junto al ‘diez’, la leyenda Maradona que por supuesto quiso jugar en la Bombonera como local.

Vuelvo a casa envuelto de la noche de Sevilla con ecos bosteros todavía en el tímpano y recorriendo el caracol. Unas veces están de veras a la vuelta de la esquina y otras es mi cabeza sola, sonada, ida todavía entre tanta fiesta. Al día siguiente no sé responder cómo juega un equipo de Sampaoli, si N‘ Zonzi juega a menos de tres toques, si la influencia de Tévez es tan grande como se supone o si Boca es un equipo leñero. La única respuesta que me dio la experiencia fue que la Doce no puede parar. Porque no sabe hacerlo.

Textos: @JICejudo

Fuente: diariodevivenciasblog.wordpress.com

Autor: Luis Alejandro Puig

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